Ver triste a mi amiga me hizo sentir incómodo en ese momento. La verdad es que desde siempre me he visto en una encrucijada de sentimientos cuando he estado frente a una chica que se pone triste. Ahora, si se pone a llorar, allí si que la cosa se pone fea, porque en situaciones como esa he perdido mas de un pañuelo, lo que después -ya casado- no he sabido explicar en casa … sin balbucear.
Pero algo he aprendido en la vida -tan bruto tampoco soy-; entonces, en esta ocasión opté por llevar la conversación por el lado menos dramático. Y con mi mejor falsa sonrisa le dije -aunque completamente convencido de que esto era cierto-:
- ¿Sabes amiga??, yo puedo estar mal, muy mal, hasta enfermo, pero no recuerdo haber perdido el apetito nunca, le repliqué a mi rubia amiga, quien sonrió casi a fuerzas, con una mirada que oscilaba entre la incredulidad y el asombro.
Dicho esto, mis recuerdos me jugaron una mala pasada. Estos me retrotrayeron por lo menos 22 años atrás ... y recordé.
Era falso lo que había afirmado. Nunca era demasiado.
Por lo menos en una ocasión perdí el apetito ... y completamente.
Aquel recuerdo me invadió como un relámpago, y pude sentir, casi con la misma intensidad de aquella vez, la desesperación vivida.
Cual flash back me ví nuevamente encerrado en mi habitación, dando mil vueltas por la misma sin parar de llorar. Ví a mi madre entrando a aquella habitación con un plato de comida que yo rechazaba a gritos. Recuerdo claramente su expresión de impotencia frente a ese acuoso e inapetente ser que era yo en esos días.
El recuerdo venía acompañado de escalofríos que traté de disimular de la mejor forma posible.
Isabel fue mi enamorada de barrio desde que ingresé a la universidad hasta que salí de ella, lo cual arruinó mis posibles amoríos universitarios; y en aquella época ella frisaba los veinte años. Entonces, como ya era adulta, podía tomar sus propias decisiones, y decidió que quería viajar a Amazonas a conocer a aquel padre que la entregó a una tía cuando ella tenía tres años.
A despecho de mis veintitrés años de entonces, vividos en un radio de acción no muy lejano a mi hogar -a causa del ancla materna-, ese viaje era muy aventurero para mi, a pesar de lo cual fue poco lo que pude hacer para disuadirla de la decisión que había tomado.
Es que cuando una mujer esta determinada a hacer algo -o a dejar de hacerlo- no hay fuerza de la naturaleza que pueda detenerla. Así que nos fuimos a comprar los boletos.
Ubiquémonos. Era el año de 1988. El país era un desastre en toda su extensión. Y en todos sus servicios.
Si mal no recuerdo elegimos una empresa que se llamaba Chinchaysuyo, y yo estaba haciendo prácticas en la 22º Fiscalía Provincial de Lima.
Entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir. El diablo metió la cola, convocaron a un concurso en la fiscalía, me aconsejaron que postulara, yo le dije a ella que no podía viajar, ella no se inmutó … y se fue; acompañada de su hermano –un par de años menor que ella-, que se ganó con mi boleto de viaje.
Los embarqué una noche de aquellos días y recibí un telegrama al día siguiente que decía: “llegamos a Chiclayo, estamos bien, en la tarde salimos para Chachapoyas”.
Sí. Telegrama. Nada de celulares ni internet. En esos días el correo era de verdad, con hojas y sobres de papel, cartero de carne y hueso incluido.
Pero después de ese telegrama todo fue silencio; pasó un día, pasaron dos, y nada de noticias de ellos. Pasé de la preocupación a la angustia; pensaba en todas las cosas malas que le podían pasar a dos chiquillos solos que se habían embarcado en una aventura y hacia un lugar que ellos realmente no conocían. Entonces siguieron pasando los días y la incertidumbre desbocó a la desesperación.
Fue entonces que me encerré en mi habitación, y solo hacía tres cosas: daba vueltas, golpeaba las paredes … y lloraba.
Honestamente no recuerdo si pasé un día, dos o tres, encerrado en esa habitación. Es probable que solo haya sido uno. Pero en todo caso, fue un día de los que difícilmente puedes olvidarte. Completamente arrepentido de no haber viajado, la culpa y el miedo no dejaban de atormentarme.
Finalmente llegó una carta –con siete días de retraso- que contaba que habían llegado a su destino y que estaban felices de haberse reencontrado con su padre. Una mezcla de alivio y vergüenza me invadieron; opté por aferrarme al alivio.
Un mes después, a su retorno- ella me contó la aventura completa. La ansiedad y la alegría le habían hecho olvidarse de comunicarse conmigo. Su hermano tuvo que hacer un viaje a pie de tres días de ida y tres de vuelta hacia un pueblo llamado Tingo –no Tingo María- para conseguir copias de sus partidas de nacimiento, que trajeron dentro de una caña hueca. Ah!, y se cruzaron con un mono en plena carretera.
La Isabel que retornó de ese viaje ya no era la misma; tanto así que un año después ella rompió la relación porque se había dado cuenta que yo no era para ella, y que conmigo no iba a llegar a ningún lado; por lo menos a donde ella quería llegar. Así como antes había decidido que quería viajar, con la misma determinación después decidió que ya no quería caminar a mi lado. Así como no pude detener aquel viaje hacia su padre, tampoco pude detenerla en su viaje que la alejaría finalmente de mi vida.
Solo años después comprendería que solo las personas que se atreven a derribar muros para salir y caminar mas allá de su entorno, son capaces de mirar el mundo desde una perspectiva diferente. Ella finalmente se fue del país.
Tal vez este recuerdo es el origen de mi apetito, siempre listo a ser saciado.
Tal vez mi subconsciente sabe que la inapetencia me va a retrotraer a esos días de angustia, y por eso busca que mantenerlo despierto.
Tal vez ese mismo subconsciente me dice que no valió la pena dejar de comer por alguien que no se iba a quedar.
O tal vez, como dice mi madre, simplemente siempre he sido un glotón.
Lo cierto es que difícilmente pierdo el apetito; pero también es cierto que no siempre fue así.
Ah, me olvidaba; Boris finalmente murió, y no se si Jessy se ha recuperado de esa pérdida.
Aunque después de una pérdida es cierto que uno vuelve a sonreír, también es cierto que uno nunca sabe cuándo un recuerdo triste lo va a tomar por sorpresa.
Creo que me voy a comer algo ... esta historia se lo merece.