Yo tenía -creo- 26 años, y vivía probablemente la etapa más confusa y estéril de mi vida. Mis padres se habían separado, ya había acabado la universidad, no tenía el título profesional, no tenía un trabajo decente; y para colmo engañaba a una chica -ahora lo veo todo tan claro- haciéndole creer -anillo incluido-, que me iba a casar con ella.
Era pasado el mediodía de un sábado de aquellos días, cuando sonó el timbre de mi casa.
Cuando salí por la ventana a ver quien molestaba a esa hora, me sorprendió ver a quien para efectos de esta historia llamaré Ozzy.
Era extraño ver a Ozzy en aquellos años.
Habíamos sido muy amigos en la niñez, pubertad y parte de nuestra juventud; pero la vida nos había separado cuando pugnábamos por iniciar nuestras vidas universitarias.
Intentamos primero la Cayetano -él- y la Católica -yo-, y no pudimos; luego ambos la San Marcos, yo ingresé, él no pudo. Finalmente él recaló en la Villarreal, que, por cierto, no era una opción para mí (bien clarito me lo había dicho mi viejo: Católica, UNI o San Marcos).
- Vengo a invitarte a mi matrimonio, me dijo, casi atropellando con las palabras. Yo lo miraba sorprendido por la noticia, pero algo incrédulo porque no traía ninguna invitación en las manos.
- Que bien, felicitaciones, ¿cuándo?, rematé.
-Hoy, a las cuatro de la tarde, me dijo, con una sonrisa medio avergonzada, que no encajaba en su orgullosa personalidad.
No tengo un recuerdo claro de cómo acabó ese reencuentro con Ozzy, recuerdo muy vagamente que caminamos por la calle principal de nuestro barrio, mientras me confesaba que incluso él mismo se había enterado de la fecha de su matrimonio la noche anterior (su futura esposa se había encargado personalmente de los trámites, porque él estaba trabajando en provincias).
Lo que sí recuerdo claramente es que no fui al matrimonio.
Me excusé a mi mismo diciéndome que la invitación era muy inapropiada por extemporánea, pero la verdad es que no fui porque eso implicaba comentárselo a “mi novia”, y esto -a su vez- implicaba enfrascarme en otra inacabable discusión con ella, cosa de lo cual ya me encontraba realmente harto … creo que también ya me encontraba harto de ella y sus niñerías.
Por otro lado, la relación con Ozzy se había desgastado demasiado en los últimos años, y no valía la pena pasar por una discusión a causa de él … ni si quiera por su matrimonio.
En su momento, yo no lo invité al mío.
Por amigos comunes se que aquella celebración fue un desastre.
Una celebración groseramente atolondrada, con una novia embarazada y enfurecida con la familia del novio, que llegó ridículamente disminuida en su número … y tarde (cada quien sabe como se las ingenia para dejar bien sentada su mas enérgica protesta).
Después no supe más de él. Creo que ni lo he vuelto a ver. Solo he escuchado que ha firmado cinco hijos, que no se le puede llamar por teléfono porque la esposa larga a todo su pasado, y que, bueno, al menos no le ha ido nada mal en la parte laboral, lo cual si debe alegrar sobremanera a la esposa … quien, según también sé, no está dispuesta a compartir su boleto ganador.
Cada vez que mi memoria me trae a Ozzy de regreso, me parece mentira todo lo que me cuentan de él, y de su peculiar esposa.
Soy un convencido de que todos los hombres nacemos con una determinada dosis de defensas que nos permite convivir con la naturaleza femenina, sino no podríamos casarnos; pero creo que esta señora si que ha elevado a la “miedósfera” el “mercurio” que contiene Ozzy.
Todo se paga en esta vida, eso ya lo sé, y -obvio- no hay que morirse para ello; y creo que Ozzy tenía mucho que pagar en cuanto a chicas; pero nunca me imaginé que la vida le podría pasar -sobre todo a él- una factura tan grande.
Una vez superada la pubertad, él se convirtió en un delgado y alto muchacho que irradiaba una gran simpatía. Bailarín, amante del cajón, enamorador, y portador de un ego que era aún mucho más grande que él, era el típico producto de su familia: “Arriba, siempre arriba, arriba hasta las estrellas”.
Pero ocurre que voló tan alto, que, según sé, una vez casado, dejó abajo a todita su familia.
Creo que tuvo a todas las chicas que quiso. El problema es que también las trató como quiso ... y eso la vida, en algún momento, te lo cobra.
Uno de sus grandes amigos de juventud cuenta que él se despedía de una de sus enamoradas diciéndole: “mi amor, si mañana te duele la cabeza, es porque esta noche pienso ponerte los cuernos” … así era Ozzy.
Incapaz de sostener una relación larga, picaba en todos lados y no se quedaba en ninguno. Así, ví como hizo trizas mi posibilidad con Mónica, y tampoco se quedó con ella.
Cuando un chico tímido atraviesa lentamente el camino de la pubertad y la adolescencia, ve con impotencia como los “chicos malos” se llevan a la chica que te gusta. “Es que ellos son tan divertidos” … y tú no existes.
Estas líneas son -tal vez- mi venganza.
Cuentan que Ozzy conoció a Libby en la universidad. Ella trabajaba allí.
Y Libby no era como las otras chicas que había conocido antes. Ella tenía las cosas claras y tuvo una virtud por sobre todas las demás: había decidido quedarse con él … y el precio no importaba.
Cuando él quiso reaccionar igual que antes –y zafar- no pudo con ese torbellino llamado “mujer decidida a casarse”.
Él era el último tren, y ella no lo iba a perder.
Él rompía con ella, pero ella no se daba por enterada.
Él no la buscaba, y entonces ella iba en su búsqueda.
Él se hacía negar con su madre –quien intentó defender ferozmente a su cachorro-, pero ella –cual lobo en la casa de uno de los cerditos- tocaba, tocaba y tocaba la puerta hasta que él saliera … y cuentan que se podía quedar horas tocando la puerta.
Bueno, como ya saben, Libby ganó la partida.
Derribó la casa del cerdito y se lo llevó.
- Ya ve señora … le gané, cuentan que le dijo Libby a su flamante suegra aquella noche del matrimonio.
No conozco mayores detalles, pero conociendo a Ozzy, de seguro sigue haciendo de las suyas, aunque también estoy seguro que ahora lo hace aterrado, sabiendo que le pisan los talones. Ya no tiene quince años, y ya no puede alardear de sus faenas.
Como ya lo dije, todo se paga en la vida amigos míos, y de seguro yo algún día tendré que pagar un precio por estas líneas.
¡ Ah !! … Dejé para el último este pequeño dato: “mi novia” dejó de serlo a los pocos meses de este matrimonio. Una bofetada –la cual recuerdo con aprecio-, en un lugar y momento inapropiados, me permitió decir, sin el menor sentimiento de culpa, “se acabó”.
Era pasado el mediodía de un sábado de aquellos días, cuando sonó el timbre de mi casa.
Cuando salí por la ventana a ver quien molestaba a esa hora, me sorprendió ver a quien para efectos de esta historia llamaré Ozzy.
Era extraño ver a Ozzy en aquellos años.
Habíamos sido muy amigos en la niñez, pubertad y parte de nuestra juventud; pero la vida nos había separado cuando pugnábamos por iniciar nuestras vidas universitarias.
Intentamos primero la Cayetano -él- y la Católica -yo-, y no pudimos; luego ambos la San Marcos, yo ingresé, él no pudo. Finalmente él recaló en la Villarreal, que, por cierto, no era una opción para mí (bien clarito me lo había dicho mi viejo: Católica, UNI o San Marcos).
- Vengo a invitarte a mi matrimonio, me dijo, casi atropellando con las palabras. Yo lo miraba sorprendido por la noticia, pero algo incrédulo porque no traía ninguna invitación en las manos.
- Que bien, felicitaciones, ¿cuándo?, rematé.
-Hoy, a las cuatro de la tarde, me dijo, con una sonrisa medio avergonzada, que no encajaba en su orgullosa personalidad.
No tengo un recuerdo claro de cómo acabó ese reencuentro con Ozzy, recuerdo muy vagamente que caminamos por la calle principal de nuestro barrio, mientras me confesaba que incluso él mismo se había enterado de la fecha de su matrimonio la noche anterior (su futura esposa se había encargado personalmente de los trámites, porque él estaba trabajando en provincias).
Lo que sí recuerdo claramente es que no fui al matrimonio.
Me excusé a mi mismo diciéndome que la invitación era muy inapropiada por extemporánea, pero la verdad es que no fui porque eso implicaba comentárselo a “mi novia”, y esto -a su vez- implicaba enfrascarme en otra inacabable discusión con ella, cosa de lo cual ya me encontraba realmente harto … creo que también ya me encontraba harto de ella y sus niñerías.
Por otro lado, la relación con Ozzy se había desgastado demasiado en los últimos años, y no valía la pena pasar por una discusión a causa de él … ni si quiera por su matrimonio.
En su momento, yo no lo invité al mío.
Por amigos comunes se que aquella celebración fue un desastre.
Una celebración groseramente atolondrada, con una novia embarazada y enfurecida con la familia del novio, que llegó ridículamente disminuida en su número … y tarde (cada quien sabe como se las ingenia para dejar bien sentada su mas enérgica protesta).
Después no supe más de él. Creo que ni lo he vuelto a ver. Solo he escuchado que ha firmado cinco hijos, que no se le puede llamar por teléfono porque la esposa larga a todo su pasado, y que, bueno, al menos no le ha ido nada mal en la parte laboral, lo cual si debe alegrar sobremanera a la esposa … quien, según también sé, no está dispuesta a compartir su boleto ganador.
Cada vez que mi memoria me trae a Ozzy de regreso, me parece mentira todo lo que me cuentan de él, y de su peculiar esposa.
Soy un convencido de que todos los hombres nacemos con una determinada dosis de defensas que nos permite convivir con la naturaleza femenina, sino no podríamos casarnos; pero creo que esta señora si que ha elevado a la “miedósfera” el “mercurio” que contiene Ozzy.
Todo se paga en esta vida, eso ya lo sé, y -obvio- no hay que morirse para ello; y creo que Ozzy tenía mucho que pagar en cuanto a chicas; pero nunca me imaginé que la vida le podría pasar -sobre todo a él- una factura tan grande.
Una vez superada la pubertad, él se convirtió en un delgado y alto muchacho que irradiaba una gran simpatía. Bailarín, amante del cajón, enamorador, y portador de un ego que era aún mucho más grande que él, era el típico producto de su familia: “Arriba, siempre arriba, arriba hasta las estrellas”.
Pero ocurre que voló tan alto, que, según sé, una vez casado, dejó abajo a todita su familia.
Creo que tuvo a todas las chicas que quiso. El problema es que también las trató como quiso ... y eso la vida, en algún momento, te lo cobra.
Uno de sus grandes amigos de juventud cuenta que él se despedía de una de sus enamoradas diciéndole: “mi amor, si mañana te duele la cabeza, es porque esta noche pienso ponerte los cuernos” … así era Ozzy.
Incapaz de sostener una relación larga, picaba en todos lados y no se quedaba en ninguno. Así, ví como hizo trizas mi posibilidad con Mónica, y tampoco se quedó con ella.
Cuando un chico tímido atraviesa lentamente el camino de la pubertad y la adolescencia, ve con impotencia como los “chicos malos” se llevan a la chica que te gusta. “Es que ellos son tan divertidos” … y tú no existes.
Estas líneas son -tal vez- mi venganza.
Cuentan que Ozzy conoció a Libby en la universidad. Ella trabajaba allí.
Y Libby no era como las otras chicas que había conocido antes. Ella tenía las cosas claras y tuvo una virtud por sobre todas las demás: había decidido quedarse con él … y el precio no importaba.
Cuando él quiso reaccionar igual que antes –y zafar- no pudo con ese torbellino llamado “mujer decidida a casarse”.
Él era el último tren, y ella no lo iba a perder.
Él rompía con ella, pero ella no se daba por enterada.
Él no la buscaba, y entonces ella iba en su búsqueda.
Él se hacía negar con su madre –quien intentó defender ferozmente a su cachorro-, pero ella –cual lobo en la casa de uno de los cerditos- tocaba, tocaba y tocaba la puerta hasta que él saliera … y cuentan que se podía quedar horas tocando la puerta.
Bueno, como ya saben, Libby ganó la partida.
Derribó la casa del cerdito y se lo llevó.
- Ya ve señora … le gané, cuentan que le dijo Libby a su flamante suegra aquella noche del matrimonio.
No conozco mayores detalles, pero conociendo a Ozzy, de seguro sigue haciendo de las suyas, aunque también estoy seguro que ahora lo hace aterrado, sabiendo que le pisan los talones. Ya no tiene quince años, y ya no puede alardear de sus faenas.
Como ya lo dije, todo se paga en la vida amigos míos, y de seguro yo algún día tendré que pagar un precio por estas líneas.
¡ Ah !! … Dejé para el último este pequeño dato: “mi novia” dejó de serlo a los pocos meses de este matrimonio. Una bofetada –la cual recuerdo con aprecio-, en un lugar y momento inapropiados, me permitió decir, sin el menor sentimiento de culpa, “se acabó”.