lunes, 25 de enero de 2021

EL SURFISTA

  


Cuando eres niño las prohibiciones son el pan de cada día ... ahora, si eres un niño tímido y obediente, entonces no habrá mayor problema, tus padres la tendrán fácil contigo y pasaras a ser una preocupación menos, sobre todo si tienes otros hermanos que sí son de atar; pero ocurre que, cuando vas dejando la niñez y entras de lleno a la adolescencia, las hormonas revolucionarán tu cuerpo (y eso incluye a tu cerebro, con su consciente y su inconsciente), y entonces querrás transgredir todas las reglas, pero si tu timidez y obediencia de la niñez también crecieron, y mutaron a miedo, entonces tampoco habrá problema, porque las prohibiciones, en complicidad con tu miedo, cumplirán su misión y te mantendrán en raya ... luego vendrá la juventud adulta y el miedo se habrá empoderado, y tú sólito te impondrás prohibiciones, y todos felices porque no generaras mayor problema ... Después llegará la adultez, y tú miedo te engañará y te dirá que ella en realidad no es miedo, sino responsabilidad, y tú, tímido, obediente y temeroso, actuaras "responsablemente" ... luego llegará la vejez, y entonces te darás cuenta que todo era una vil mentira, y nuevamente, en una segunda adolescencia, querrás hacer lo que realmente quieres hacer; pero cuando das tu primer, aunque cansino, paso libertario (ese que debiste dar cuando tenías cinco o seis) te enfrentarás a una barrera infranqueable llamada hijos; unos adultos que, bajo el mismo argumento que usaban tus padres (y que tal vez usaste tú mismo contra esos niños del ayer) te impondrán prohibiciones.

 

Sentado en el Albamar del Malecón de San Bartolo, disfruto de la privilegiada vista que me ofrece la pequeña terraza del restaurante … el clima es perfecto para mí … casi nublado, un sunset que se impone a las nubes y poco calor (el pantalón corto y el polo ligero también ayudan) … un reggae ligero y la infaltable cerveza sobre la mesa … una buena conversa,  y de repente un surfista sale del mar ... hasta allí nada extraño ... en la medida que se acerca a la orilla caigo en cuenta que su caminar adolece de vitalidad ... cuando finalmente gana la orilla confirmo mis sospechas ¿setentaicinco? ¿ochenta años? ¿talvez  más? … y para mis adentros me sigo preguntando ¿y este? ¿cómo se escapó? ... En tiempos de pandemia, dónde hemos arreciado contra niños y ancianos para someterlos a una cuarentena cruel, me pregunto ¿y cómo lo hizo? ... porque estaba solo ... así como entró al mar, igual se alejó de él, completamente solo.

 

Nieves siempre fue un alma libre … su cuerpo talvez sufrió privaciones de libertad mientras estuvo al lado de Chicho, pero sé que siempre se las ingenió para ejercer su libertad … A veces, siempre muy tarde, sonaba el móvil, y al contestar, una alterada voz, normalmente de mi alterada hermana, me preguntaba si sabía dónde estaba mamá … yo siempre procuré calmarla con la frase de siempre “llamaré al resto (mis otros cuatro hermanos) para averiguar y te llamo”, pero, para mis adentros, también siempre me repetía la misma frase “nadie muere en la víspera, y todos mueren en su ley” … Yo creo que ella ejerció su derecho a la libertad siempre que se lo propuso, y eso siempre me gustó de ella, y por esa misma razón, rara vez hice las llamadas prometidas … sabía que si algo malo le hubiese pasado, esa noticia ya hubiera llegado, y además ¿quién era yo para detener a la fuerza de la naturaleza? … ella era libre, y la vejez no es una condena, ni los hijos tenemos porque ser carceleros … Ella quería salir cuando se le antojase, y a mí me parecía perfecto … lo incorrecto era imponerle reglas prohibitivas porque tú tienes miedo … si ella no lo tenía ¿por qué iba a tenerlo yo? … si mi hermana tenía miedo, ese era su problema … Finalmente, ella se fue en el 2019, gracias a Dios (o al destino), antes de esta pandemia … no fue atropellada, ni asaltada, ni secuestrada … murió en una cama, atendida a causa de una dolencia que nunca quiso tratarse (odiaba los hospitales y solo en casos extremos visitaba a un médico) … Murió en su ley.

 

Sentado en el Albamar, y ya cuando el surfista se perdió a lo lejos, en alguna de las casas del malecón, pensaba en el precio … Difícilmente llegas a esa edad y “se te permite” surfear, peor aún solo … tú, tu tabla, y el mar … en algún tramo de su camino, este surfista debió tomar una decisión que lo dejara solo con su tabla y el mar … podríamos ser optimistas o pesimistas … podríamos ensayar mil conjeturas … pero, lo que me queda claro es que, para ejercer el derecho a esa libertad, ese derecho y a esa edad, siempre tienes que haber pagado un precio … y sospecho que no fue barato …







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