Andrea tiene 11 años y ya tiene todo el porte de una niña que está dejándolo de ser … habiendo empezado a caminar el sendero que la llevará a convertirse en toda una señorita.
La he visto crecer entre llantos, pataletas y un genio casi indomable.
La pobre puerta de su dormitorio puede dar fe de eso.
Cuando se lo propone, también puede ser la niña más dulce y graciosa sobre la faz de la tierra.
Casi siempre segura de lo que quiere, aún pequeña, veía como su hermano iba al colegio, y entonces comenzó a reclamar ir ella también.
A diferencia de Diego, ella no lloró en su primer día de clases.
Cuando con Elizabeth y Diego nos hicimos fanáticos del cine, ella nos acompañó alguna vez … y no le gustó.
Con la firmeza –o intolerancia- que le pone a casi todo lo que decide, la siguiente vez dijo no querer acompañarnos.
Amenazamos con dejarla sola en casa y ella ni se inmutó … “váyanse nomás”, dijo.
Así es mi hija. Firme como su madre, o intolerante como su padre, según como lo quieran ver.
Cuando quiere algo, busca la forma de conseguirlo.
Y como yo soy un padre consentidor, no le resulta muy difícil conseguir lo que me pide.
Cuando no quiere algo, también lo manifiesta con firmeza.
Con el mismo habito consentidor, yo procuro respetar sus decisiones. Es que consentir es más fácil. Para lo otro está su madre.
Yo no había visto Crepusculo ni Luna Nueva, y, debido a mi afición por el cine, hace un par de meses comencé a sentir curiosidad por esa saga de juveniles vampiros; con la seguridad de que se trataba de alguna saga de terror.
Craso error … era una historia de amor … y por esa misma razón quedé prendado de la saga.
Entonces un día cualquiera le dije a Diego acompáñame, y fuimos por un par de copias piratas. Es que, como peruano, no me gusta que me impongan un precio caro. Yo regalo mi plata cuando quiero, no cuando otro me lo quiere exigir.
Días después Elizabeth me llama por teléfono y me confiesa que había visto con sus hijos ambas películas. No me esperaron.
Creo que la combinación de pubertad con Edward Cullen surtieron un efecto mágico en Andrea.
Al parecer esas películas han sido el punto de quiebre visible –al menos para mí- entre su niñez y su pubertad.
A partir de ellas ya no quiere Barbies, salvo que lleguen al Perú las Barbie's Crepúsculo, que dice haberlas visto en Internet.
Lo cierto es que, contra toda costumbre de ella, y en complicidad con su madre, me arrastraron al pre-estreno de Eclipse –la tercera película de la referida saga-, que fue un miércoles y casi cerca a la medianoche. Al día siguiente, Andrea se levantó sin mayor problema para ir al cole. Yo estaba sonámbulo.
¡¡ Andrea !!! … ¡¡ la niña a la que no le gusta el cine, de repente quiere ir, y a la medianoche !!!
Si eso no es un cambio …
No conforme con las películas, pidió que le compren los libros.
Su madre le compró –ediciones piratas, obvio-, primero Crepúsculo, y luego Luna Nueva.
Es gracioso como ahora se encierra en su cuarto, pero ya no para jugar con sus muñecas o con sus “yaces”, ahora lo hace para maratónicas sesiones de lectura.
A esta alturas está terminando de leer Eclipse … y esta vez ya no quiso una edición pirata.
A estas alturas también está completamente “enamorada” de Edward Cullen … y, probablemente, al igual que Bella Swan, espera secretamente que el susodicho vampiro “venga a morderla”.
Gracias a Dios, en medio de tantos colmillos juveniles, Andrea –a diferencia de Bella- ha denotado un rasgo de fidelidad –con toda seguridad heredado de su madre-. Ella no ha dividido sus afectos entre Edward y Jacob … ella “muere” únicamente por Edward.
Estamos a la espera de que en Zeta Bookstore repongan Amanecer para ir a comprarlo. Y de seguro seguirá encerrándose en su dormitorio para terminar con la historia.
Aceptar que la hija de uno está creciendo no es nada fácil.
Aceptar que su linda cabecita alberga estos sueños juveniles, al principio me causará gracia; pero también sé que en algún momento me harán enojar.
Aceptar que algún día –tal vez- deje de usar mi apellido para usar el de “otro hombre” de seguro algo me mortificará.
Pero recién es el comienzo … aún falta mucho.
Yo siempre he dicho –respecto de Andrea-, que el primer disparo es de advertencia, y el segundo es a las piernas. En broma, obviamente.
También debo confesar que el cambio que está viviendo ella, está empezando a afectarme a mí también.
Pero, por ahora, no quiero preocuparme de eso.
Aún se me acerca y me abraza.
Ayer nomás tuve que consolarla, cuando –bañado su rostro en lágrimas- corrió hacia mí porque no podía entender por qué un jurado no supo valorar todo el esfuerzo que hizo durante tres meses de ensayos para llegar –junto a sus compañeros de aula- a una ansiada final en el Festival de Folklore de su colegio.
Aún quiere jugar conmigo.
Aún es posible divertirnos de regreso de su colegio.
Como todo eso es posible aún, mi forma de aceptar ese sueño juvenil de sentirse más Cullen que Recalde, es llamándola a comer de una nueva manera:
- Andrea Cullen, ven a la mesa, que tu comida está servida.
sábado, 28 de agosto de 2010
lunes, 16 de agosto de 2010
¿¿ AMOR A PRIMERA VISTA ???
Estaba a punto de terminar el cole y estaba a punto de cumplir 17.
También estaba a punto de subir al bus, pero mi madre no me dejaba.
Creo haber confesado en más de una oportunidad –aunque no sé si por escrito- que mi madre siempre busco engreírme; y aunque esto nunca me gustó del todo, tampoco hice mucho por evitarlo … al fin y al cabo no era más que un adolescente que luchaba por dejar de ser un niño.
Era mi viaje de promoción y salíamos fuera de Lima; y siendo un adolescente engreído y sobreprotegido por mi madre, obviamente nunca había viajado fuera de Lima sin ella; aunque si hago un esfuerzo de memoria, creo que –salvo aquella oportunidad en que ella misma nos hizo subir a un avión, junto a mis hermanos, para ir a Arequipa- nunca había salido de Lima.
Yo estaba con mi maleta y con una frazada atada por una soguilla tratando de subir a ese bus, y mi madre –al borde las lágrimas- me pedía que no viajara.
Fue realmente bochornoso.
No recuerdo otra escena siquiera parecida entre mis amigos … a lo mejor la vergüenza no me dejaba ver bien a los alrededores … pero lo dudo.
Mis amigos de ese colegio –nacional y de policías- eran mayores que yo –incluso habían mayores de edad-, y no creo equivocarme al afirmar que incluso ese año una de mis compañeras de aula llevó parte de su embarazo asistiendo a clases, disimulando “su estado” con un poncho rojo que nunca se quitaba, a pesar del sol que suele aparecer a partir de finales de setiembre.
Obviamente, en ese colegio no había espacio para los engreídos.
De dar cuenta de esto se encargaron insignes representantes del 5to “B” -que era mi sección-; el flaco Cotrina, que se alucinaba oficial, y a quien nosotros jodíamos con la chapa de “Oficial de la Baja Policía”, el Cabezón Alcalde, que era el Brigadier de mi aula y a quien años después vi enfundado en las botas negras y el uniforme verde de nuestra Policía Nacional; o el Cholo Pari, pendejo y acriollado hijo de provincianos, quien “me adoptó” como su protegido, de quien no sé nada desde hace muchos años, salvo que es profesor.
Como decía, en ese colegio no había espacio para los engreídos; y si los había, ninguno lo dejaba notar, ni siquiera Zumatea –que era un gay confeso … no sé si convicto, al menos no me consta-, y que alguna vez se defendió como los hombres cuando alguien le imputó el calificativo de “maricón”.
Un momentito –dijo Zumaeta-, maricón es el que tiene miedo, y yo no le tengo miedo a ninguno de ustedes … yo no soy maricón … yo soy homosexual, sentenció.
Bueno, finalmente mi madre tuvo que resignarse.
Su mimado hijo estaba dispuesto a viajar, a pesar de sus lágrimas.
En ningún momento dudé de hacer ese viaje.
Salvo la pelota, y unos cuantos amigos, ya me había aburrido de lo lindo durante los primeros cuatro años de la secundaria en el Alejandro O. Deustua, de Magdalena del Mar -un colegio que había reservado para los hombres el turno de la tarde, mientras que en la mañana estudiaban las mujeres-.
Por nada iba a renunciar a aquel viaje que cerraba con broche de oro un año de muchas “nuevas experiencias”, no tan nuevas para el resto: colegio misio, pero misio de de verdad … las aulas se dividían con triplay … con lo que tranquilamente podías escuchar matemáticas e historia al mismo tiempo … en fin, chicas, fiestas … fiestas, chicas … qué más se podía pedir a esa edad … aunque también hubo broncas debajo del Puente Santa Rosa, de las que también supe salir magullado.
Después de un año en ese colegio, ya me había despercudido de algunas niñerías y había empezado a liberar al pequeño tirano que vivía prisionero dentro de mí.
Finalmente el bus partió de la puerta del colegio, dejando atrás a mi madre y a sus ojos llorosos.
Después de algunas paradas en la Panamericana Norte -antes de llegar a Puente Piedra-, finalmente el bus tomo rumbo y velocidad de carretera y solo paramos en las garitas de ley.
Nunca voy a olvidar esa nueva experiencia que fue aquella pestilencia que te avisaba que estábamos llegando a Chimbote … lo siento Bou, es la verdad.
Tampoco voy a olvidar ese extraordinario desayuno en Virú.
Pero, sobre todo, nunca voy a olvidar ese primer encuentro con uno de los grandes amores de mi vida … la hermosa ciudad de Trujillo.
Ella era el destino final de nuestro viaje de promoción, y creo que ese viaje me marcó para siempre.
No fue un viaje confortable –para nada-, el bus era bastante destartalado.
Dormimos una noche en una dependencia de la policía, otra en el bus, y creo que una última ni dormimos.
No recuerdo, o tal vez no quiero recordar, donde nos bañábamos.
A lo mejor ni lo hacíamos.
Chan Chan fue de ensueño.
No sé por qué extraña razón me quedé encandilado con aquella ciudad, pero pasó.
A lo mejor es el recuerdo de la fiesta que tuvimos la última noche en aquella ciudad. No lo sé.
Mi amor por ella fue un flechazo a primera vista, como me pasó con la “U”, cuando la ví jugar en aquel memorable partido de la Copa Libertadores de 1975, frente al Peñarol de Uruguay.
Mi amor por Trujillo fue a primera vista … y para siempre.
Cuando retorné a Lima, yo ya no era el mismo … le había sido infiel a mi ciudad natal.
He regresado en otras oportunidades y siempre es lo mismo.
A pesar de haber pasado alguna vez un mes entero resolviendo un asunto familiar, en pésimas condiciones, el saber que estaba en un lugar amado hacía todo más llevadero.
Sus Pubs, sus Peñas.
Noches de nostalgia.
“Esto es diversión … el resto es mentira”, me dijo alguna vez alguien de quien no recuerdo ni su rostro ni su nombre.
A Chan Chan la he visitado hasta en tres oportunidades, y podría seguir visitándola.
En Huanchaco he estado un par de veces … y aún no he podido quedarme por lo menos una semana de verano … es algo pendiente.
La última vez que visité Trujillo fue fugazmente –ya con mi propia familia-.
Llegamos una mañana lluviosa … pero era Trujillo … y no me importaba como se encontrara. La sola sensación de estar allí me alegraba el alma.
Una vez más Chan Chan, pero ahora, además, Moche y la Huaca de la Luna.
La recorrí de noche para hacer algunas compras y la dejé con nostalgia … con el eterno juramento de volver … para quedarme.
No sé si alguna vez me arrepienta de esto, pero hasta hoy puedo seguir afirmando que Trujillo es una ciudad en la quisiera terminar viviendo.
He visitado y conozco otras ciudades.
Hace pocos días he regresado de un inolvidable viaje al Cusco.
También conozco Arequipa –con quien me he reconciliado-.
Huaraz, Chiclayo, Piura Pucallpa y Andahuaylas conocen de mi caminar … quiero conocer Jauja y sentarme a las orillas de la Laguna de Paca … todas esas ciudades serán parte de mi vida, pero ninguna –como Trujillo- es dueña de mi corazón.
También estaba a punto de subir al bus, pero mi madre no me dejaba.
Creo haber confesado en más de una oportunidad –aunque no sé si por escrito- que mi madre siempre busco engreírme; y aunque esto nunca me gustó del todo, tampoco hice mucho por evitarlo … al fin y al cabo no era más que un adolescente que luchaba por dejar de ser un niño.
Era mi viaje de promoción y salíamos fuera de Lima; y siendo un adolescente engreído y sobreprotegido por mi madre, obviamente nunca había viajado fuera de Lima sin ella; aunque si hago un esfuerzo de memoria, creo que –salvo aquella oportunidad en que ella misma nos hizo subir a un avión, junto a mis hermanos, para ir a Arequipa- nunca había salido de Lima.
Yo estaba con mi maleta y con una frazada atada por una soguilla tratando de subir a ese bus, y mi madre –al borde las lágrimas- me pedía que no viajara.
Fue realmente bochornoso.
No recuerdo otra escena siquiera parecida entre mis amigos … a lo mejor la vergüenza no me dejaba ver bien a los alrededores … pero lo dudo.
Mis amigos de ese colegio –nacional y de policías- eran mayores que yo –incluso habían mayores de edad-, y no creo equivocarme al afirmar que incluso ese año una de mis compañeras de aula llevó parte de su embarazo asistiendo a clases, disimulando “su estado” con un poncho rojo que nunca se quitaba, a pesar del sol que suele aparecer a partir de finales de setiembre.
Obviamente, en ese colegio no había espacio para los engreídos.
De dar cuenta de esto se encargaron insignes representantes del 5to “B” -que era mi sección-; el flaco Cotrina, que se alucinaba oficial, y a quien nosotros jodíamos con la chapa de “Oficial de la Baja Policía”, el Cabezón Alcalde, que era el Brigadier de mi aula y a quien años después vi enfundado en las botas negras y el uniforme verde de nuestra Policía Nacional; o el Cholo Pari, pendejo y acriollado hijo de provincianos, quien “me adoptó” como su protegido, de quien no sé nada desde hace muchos años, salvo que es profesor.
Como decía, en ese colegio no había espacio para los engreídos; y si los había, ninguno lo dejaba notar, ni siquiera Zumatea –que era un gay confeso … no sé si convicto, al menos no me consta-, y que alguna vez se defendió como los hombres cuando alguien le imputó el calificativo de “maricón”.
Un momentito –dijo Zumaeta-, maricón es el que tiene miedo, y yo no le tengo miedo a ninguno de ustedes … yo no soy maricón … yo soy homosexual, sentenció.
Bueno, finalmente mi madre tuvo que resignarse.
Su mimado hijo estaba dispuesto a viajar, a pesar de sus lágrimas.
En ningún momento dudé de hacer ese viaje.
Salvo la pelota, y unos cuantos amigos, ya me había aburrido de lo lindo durante los primeros cuatro años de la secundaria en el Alejandro O. Deustua, de Magdalena del Mar -un colegio que había reservado para los hombres el turno de la tarde, mientras que en la mañana estudiaban las mujeres-.
Por nada iba a renunciar a aquel viaje que cerraba con broche de oro un año de muchas “nuevas experiencias”, no tan nuevas para el resto: colegio misio, pero misio de de verdad … las aulas se dividían con triplay … con lo que tranquilamente podías escuchar matemáticas e historia al mismo tiempo … en fin, chicas, fiestas … fiestas, chicas … qué más se podía pedir a esa edad … aunque también hubo broncas debajo del Puente Santa Rosa, de las que también supe salir magullado.
Después de un año en ese colegio, ya me había despercudido de algunas niñerías y había empezado a liberar al pequeño tirano que vivía prisionero dentro de mí.
Finalmente el bus partió de la puerta del colegio, dejando atrás a mi madre y a sus ojos llorosos.
Después de algunas paradas en la Panamericana Norte -antes de llegar a Puente Piedra-, finalmente el bus tomo rumbo y velocidad de carretera y solo paramos en las garitas de ley.
Nunca voy a olvidar esa nueva experiencia que fue aquella pestilencia que te avisaba que estábamos llegando a Chimbote … lo siento Bou, es la verdad.
Tampoco voy a olvidar ese extraordinario desayuno en Virú.
Pero, sobre todo, nunca voy a olvidar ese primer encuentro con uno de los grandes amores de mi vida … la hermosa ciudad de Trujillo.
Ella era el destino final de nuestro viaje de promoción, y creo que ese viaje me marcó para siempre.
No fue un viaje confortable –para nada-, el bus era bastante destartalado.
Dormimos una noche en una dependencia de la policía, otra en el bus, y creo que una última ni dormimos.
No recuerdo, o tal vez no quiero recordar, donde nos bañábamos.
A lo mejor ni lo hacíamos.
Chan Chan fue de ensueño.
No sé por qué extraña razón me quedé encandilado con aquella ciudad, pero pasó.
A lo mejor es el recuerdo de la fiesta que tuvimos la última noche en aquella ciudad. No lo sé.
Mi amor por ella fue un flechazo a primera vista, como me pasó con la “U”, cuando la ví jugar en aquel memorable partido de la Copa Libertadores de 1975, frente al Peñarol de Uruguay.
Mi amor por Trujillo fue a primera vista … y para siempre.
Cuando retorné a Lima, yo ya no era el mismo … le había sido infiel a mi ciudad natal.
He regresado en otras oportunidades y siempre es lo mismo.
A pesar de haber pasado alguna vez un mes entero resolviendo un asunto familiar, en pésimas condiciones, el saber que estaba en un lugar amado hacía todo más llevadero.
Sus Pubs, sus Peñas.
Noches de nostalgia.
“Esto es diversión … el resto es mentira”, me dijo alguna vez alguien de quien no recuerdo ni su rostro ni su nombre.
A Chan Chan la he visitado hasta en tres oportunidades, y podría seguir visitándola.
En Huanchaco he estado un par de veces … y aún no he podido quedarme por lo menos una semana de verano … es algo pendiente.
La última vez que visité Trujillo fue fugazmente –ya con mi propia familia-.
Llegamos una mañana lluviosa … pero era Trujillo … y no me importaba como se encontrara. La sola sensación de estar allí me alegraba el alma.
Una vez más Chan Chan, pero ahora, además, Moche y la Huaca de la Luna.
La recorrí de noche para hacer algunas compras y la dejé con nostalgia … con el eterno juramento de volver … para quedarme.
No sé si alguna vez me arrepienta de esto, pero hasta hoy puedo seguir afirmando que Trujillo es una ciudad en la quisiera terminar viviendo.
He visitado y conozco otras ciudades.
Hace pocos días he regresado de un inolvidable viaje al Cusco.
También conozco Arequipa –con quien me he reconciliado-.
Huaraz, Chiclayo, Piura Pucallpa y Andahuaylas conocen de mi caminar … quiero conocer Jauja y sentarme a las orillas de la Laguna de Paca … todas esas ciudades serán parte de mi vida, pero ninguna –como Trujillo- es dueña de mi corazón.
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