Estaba a punto de terminar el cole y estaba a punto de cumplir 17.
También estaba a punto de subir al bus, pero mi madre no me dejaba.
Creo haber confesado en más de una oportunidad –aunque no sé si por escrito- que mi madre siempre busco engreírme; y aunque esto nunca me gustó del todo, tampoco hice mucho por evitarlo … al fin y al cabo no era más que un adolescente que luchaba por dejar de ser un niño.
Era mi viaje de promoción y salíamos fuera de Lima; y siendo un adolescente engreído y sobreprotegido por mi madre, obviamente nunca había viajado fuera de Lima sin ella; aunque si hago un esfuerzo de memoria, creo que –salvo aquella oportunidad en que ella misma nos hizo subir a un avión, junto a mis hermanos, para ir a Arequipa- nunca había salido de Lima.
Yo estaba con mi maleta y con una frazada atada por una soguilla tratando de subir a ese bus, y mi madre –al borde las lágrimas- me pedía que no viajara.
Fue realmente bochornoso.
No recuerdo otra escena siquiera parecida entre mis amigos … a lo mejor la vergüenza no me dejaba ver bien a los alrededores … pero lo dudo.
Mis amigos de ese colegio –nacional y de policías- eran mayores que yo –incluso habían mayores de edad-, y no creo equivocarme al afirmar que incluso ese año una de mis compañeras de aula llevó parte de su embarazo asistiendo a clases, disimulando “su estado” con un poncho rojo que nunca se quitaba, a pesar del sol que suele aparecer a partir de finales de setiembre.
Obviamente, en ese colegio no había espacio para los engreídos.
De dar cuenta de esto se encargaron insignes representantes del 5to “B” -que era mi sección-; el flaco Cotrina, que se alucinaba oficial, y a quien nosotros jodíamos con la chapa de “Oficial de la Baja Policía”, el Cabezón Alcalde, que era el Brigadier de mi aula y a quien años después vi enfundado en las botas negras y el uniforme verde de nuestra Policía Nacional; o el Cholo Pari, pendejo y acriollado hijo de provincianos, quien “me adoptó” como su protegido, de quien no sé nada desde hace muchos años, salvo que es profesor.
Como decía, en ese colegio no había espacio para los engreídos; y si los había, ninguno lo dejaba notar, ni siquiera Zumatea –que era un gay confeso … no sé si convicto, al menos no me consta-, y que alguna vez se defendió como los hombres cuando alguien le imputó el calificativo de “maricón”.
Un momentito –dijo Zumaeta-, maricón es el que tiene miedo, y yo no le tengo miedo a ninguno de ustedes … yo no soy maricón … yo soy homosexual, sentenció.
Bueno, finalmente mi madre tuvo que resignarse.
Su mimado hijo estaba dispuesto a viajar, a pesar de sus lágrimas.
En ningún momento dudé de hacer ese viaje.
Salvo la pelota, y unos cuantos amigos, ya me había aburrido de lo lindo durante los primeros cuatro años de la secundaria en el Alejandro O. Deustua, de Magdalena del Mar -un colegio que había reservado para los hombres el turno de la tarde, mientras que en la mañana estudiaban las mujeres-.
Por nada iba a renunciar a aquel viaje que cerraba con broche de oro un año de muchas “nuevas experiencias”, no tan nuevas para el resto: colegio misio, pero misio de de verdad … las aulas se dividían con triplay … con lo que tranquilamente podías escuchar matemáticas e historia al mismo tiempo … en fin, chicas, fiestas … fiestas, chicas … qué más se podía pedir a esa edad … aunque también hubo broncas debajo del Puente Santa Rosa, de las que también supe salir magullado.
Después de un año en ese colegio, ya me había despercudido de algunas niñerías y había empezado a liberar al pequeño tirano que vivía prisionero dentro de mí.
Finalmente el bus partió de la puerta del colegio, dejando atrás a mi madre y a sus ojos llorosos.
Después de algunas paradas en la Panamericana Norte -antes de llegar a Puente Piedra-, finalmente el bus tomo rumbo y velocidad de carretera y solo paramos en las garitas de ley.
Nunca voy a olvidar esa nueva experiencia que fue aquella pestilencia que te avisaba que estábamos llegando a Chimbote … lo siento Bou, es la verdad.
Tampoco voy a olvidar ese extraordinario desayuno en Virú.
Pero, sobre todo, nunca voy a olvidar ese primer encuentro con uno de los grandes amores de mi vida … la hermosa ciudad de Trujillo.
Ella era el destino final de nuestro viaje de promoción, y creo que ese viaje me marcó para siempre.
No fue un viaje confortable –para nada-, el bus era bastante destartalado.
Dormimos una noche en una dependencia de la policía, otra en el bus, y creo que una última ni dormimos.
No recuerdo, o tal vez no quiero recordar, donde nos bañábamos.
A lo mejor ni lo hacíamos.
Chan Chan fue de ensueño.
No sé por qué extraña razón me quedé encandilado con aquella ciudad, pero pasó.
A lo mejor es el recuerdo de la fiesta que tuvimos la última noche en aquella ciudad. No lo sé.
Mi amor por ella fue un flechazo a primera vista, como me pasó con la “U”, cuando la ví jugar en aquel memorable partido de la Copa Libertadores de 1975, frente al Peñarol de Uruguay.
Mi amor por Trujillo fue a primera vista … y para siempre.
Cuando retorné a Lima, yo ya no era el mismo … le había sido infiel a mi ciudad natal.
He regresado en otras oportunidades y siempre es lo mismo.
A pesar de haber pasado alguna vez un mes entero resolviendo un asunto familiar, en pésimas condiciones, el saber que estaba en un lugar amado hacía todo más llevadero.
Sus Pubs, sus Peñas.
Noches de nostalgia.
“Esto es diversión … el resto es mentira”, me dijo alguna vez alguien de quien no recuerdo ni su rostro ni su nombre.
A Chan Chan la he visitado hasta en tres oportunidades, y podría seguir visitándola.
En Huanchaco he estado un par de veces … y aún no he podido quedarme por lo menos una semana de verano … es algo pendiente.
La última vez que visité Trujillo fue fugazmente –ya con mi propia familia-.
Llegamos una mañana lluviosa … pero era Trujillo … y no me importaba como se encontrara. La sola sensación de estar allí me alegraba el alma.
Una vez más Chan Chan, pero ahora, además, Moche y la Huaca de la Luna.
La recorrí de noche para hacer algunas compras y la dejé con nostalgia … con el eterno juramento de volver … para quedarme.
No sé si alguna vez me arrepienta de esto, pero hasta hoy puedo seguir afirmando que Trujillo es una ciudad en la quisiera terminar viviendo.
He visitado y conozco otras ciudades.
Hace pocos días he regresado de un inolvidable viaje al Cusco.
También conozco Arequipa –con quien me he reconciliado-.
Huaraz, Chiclayo, Piura Pucallpa y Andahuaylas conocen de mi caminar … quiero conocer Jauja y sentarme a las orillas de la Laguna de Paca … todas esas ciudades serán parte de mi vida, pero ninguna –como Trujillo- es dueña de mi corazón.
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