Dieron las cinco y la rutina era la misma.
Ya tenía la mochila lista y solo quedaba marcar mi salida.
Marqué; me despedí de la gentita y bajé a la cochera.
Prendí el auto, conecté el móvil al mismo, puse el aire acondicionado, mandé el mensaje de siempre al grupo de casa: “Saliendo”; compartí mi ruta y puse mi playlist del spotify, puse en D la palanca, bajé el freno de mano, giré el timón a la derecha y aceleré; bajé las lunas para despedirme de los jefazos de la caseta de seguridad, se abrió la reja eléctrica y salí; subí las lunas.
Giré a la izquierda y avancé media cuadra, en la esquina giré por Chincha, agarré Cañete y luego Ilo, todo en contra del tráfico (¿cuándo terminarán las obras en Saenz Peña?); cogí Nazca, ya en el sentido correcto y luego tomé Mollendo, para finalmente tomar la avenida República de Panamá, recorrí las tres cuadras antes de tomar el Óvalo El Obelisco, no sin antes bajar la velocidad en el control de velocidad; tomé la avenida Argentina, y nuevamente bajar la velocidad, no solo por el control de velocidad, sino por los camiones.
Ya en el Óvalo Centenario, lo pasé lento, esquivando los camiones y a la demás gente apuradita, para tomar Gambetta.
Como siempre, me pegué a la izquierda (no me gusta lidiar con los taxista ni con los buses. Si hubiera forma de evitar las 4x4 y los camiones todo sería redondo, pero ya sabemos que no existe la perfección).
Últimamente, cuando tomo Gambetta, me hago de fuerzas diciendo para mis adentros “ya falta poco, ya es cuestión de poco tiempo para que no tengas que tomar esta ruta” … pero como ya lo dije, no existe la perfección.
Avancé en la velocidad que la circunstancias me lo permiten. Llegué al túnel y lo pasé tranquilo, como siempre.
Y como siempre, conducía con la vista siempre al frente, pero sumido en ese inacabable laberinto que son mis pensamientos.
Todo era normal, tranquilo, rutinario; cuando de repente el camión ya estaba pegado a mi luna.
El impacto no fue muy violento pero si lo suficiente como para empujarme casi al lado de la pista, romper el espejo retrovisor, aplastar la puerta que tenía al lado y rallar la de atrás … susto y aturdimiento fue lo primero que invadió mi cuerpo … las imágenes eran borrosas y los sonidos inaudibles … el verde militar palidecía ante el verde fosforescente … la voz de la autoridad palidecía ante las voces de mi interior … el shock por el que pasaba palidecía ante la normalidad con la que seguían conduciendo los autos por los otros carriles de la pista.
Cuando caí en cuenta de la situación por la que estaba pasando lo único que quería hacer era deshacerme de toda la gente que me hablaba.
Cuando mi mente finalmente se despejó y caí en cuenta de las dimensiones de la mole que me había impactado tenía claro lo que tenía que hacer.
Me deshice de las manchas verdes, de las voces externas, y me quedé solo con las propias, las que venían de dentro mío … ellas eran confiables, ellas nunca me han defraudado y siempre me han guiado.
Estacioné el auto al lado de la pista, hice una llamada, me recosté al lado del auto, llegó un señor muy amable en nombre del seguro, luego otro más amable aún, de la grúa; engancharon el auto, lo subieron, me dijeron que me suba al asiento del copiloto, y nuevamente me sumí en mis pensamientos.
Me queda claro que la muerte es parte de la vida; y esta ya es mi segunda llamada.
La primera vino cuando aún tenía quince; pero ahora ya estoy a un paso de los sesenta, así que para la tercera y última llamada debo estar listo; aunque para eso aun hay mucho que recorrer, en auto, en bicicleta, o a pie.