Siempre salgo por la puerta de Domingo Cueto y giro a mi izquierda, camino a la esquina y agarro Francisco de Zela y no paro, camino y camino hasta llegar al Parque Mariscal Castilla, de allí doblo por Joaquin Bernal hasta Arenales; a veces me detengo en el Belgravia y atiborro mi mochila de panes y pasteles (… ñam ñam ...); camino por Arenales, bordeo el Tip Top y El Dorado para coger José de la Torre Ugarte hasta Prolongación Iquitos … giro a mi derecha para doblar por los Mirtos y sigo caminando hasta llegar a Las Begonias ... doblo hasta llegar a Los Jazmines para finalmente desembocar en Paseo de la República y avisorar la Estación Javier Prado del Metropolitano … a lo lejos veo el tumulto, respiro hondo, ingreso a la estación, paso mi tarjeta por el lector, giro el torniquete, avanzo hacia la escalera … y desciendo al séptimo círculo del infierno, reservado -entre otros- para los violentos contra si mismos ... siempre mirando de reojo a Dante, quien no deja de seguir y escuchar atentamente a Virgilio.
Esta caminata diaria se ha convertido en todo un ritual.
Son treinta y cinco minutos de mi vida que los entrego a mi andar, a la música y a mis pensamientos; si, esos que nunca me abandonan y que me zarandean a su gusto y antojo.
Cuando salgo de la chamba por lo general ya está por oscurecer, o ya me ganó completamente la noche; así que es un momento del día que me invita a caminar.
Son muchas cosas las que me han ocurrido en esta caminata, incluido el haber sido abordado por uno de estos chicos de la banderita de los colores del arco iris.
A pesar de entregarme a la música y a mis pensamientos, siempre camino alerta … ya me quisieron asaltar alguna vez, pero no por eso he renunciado a mi caminata … me podrán robar algunos billetes o el celular, pero nunca podrán robarme esa media hora de mi día … ese pedacito de mi acotada libertad.
La Condesa ...
La primera vez que la volví a ver fue ya dentro de la estación, ella bajaba de un bus y yo caminaba para tomar el mío … recuerdo que fue ella quien me pasó la voz y yo me sorprendí de verla … había pasado mucho tiempo desde la ultima vez … y se había generado mucha distancia también … caminábamos en paralelo en medio de la gente y después de las rápidas preguntas de protocolo yo trato de romper el hielo y le pregunto por su pequeño (sabía que tenía un hijo) … entonces volví a ver esa mirada de hielo que tantas veces había visto en la universidad … no se si cometí una imprudencia o algo por el estilo, pero ella no respondió nada y me cortó inmediatamente, despidiéndose y alejándose raudamente.
Hace como un mes me la volví a cruzar nuevamente, pero esta vez en Los Mirtos … fue tan rápido como inevitable … yo caminaba en línea recta por la vereda y ella llegó a mí en diagonal … nos topamos cara a cara y ni ella ni yo pudimos evitar el hola … me detuve, como manda la cortesía, pero el momento fue incomodo, muy incómodo … era evidente que ya no éramos los mozuelos de la universidad, y que si alguna vez hubo algo parecido a la amistad entre nosotros, ya no quedaba resquicio de ello.
A lo largo de los años me he topado con muchos amigos y compañeros de nuestra querida universidad … con algunos ha habido altas y bajas … ayer nomas me encontré con otra amiga y nos saludamos con afecto … eso se siente … es más, a dos de mis amigos los hice padrinos de mis hijos … pero con ella es diferente … siento que algo ocurrió en alguna parte del camino que hizo corto circuito, el cual generó un gran incendio que redujo todo a cenizas.
Soy consciente que nuestra amistad siempre fue difícil … y es que ella siempre se sintió superior, y casi siempre se portó de esa forma, mirando por encima del hombro y hablando siempre con esos aires de … bueno, con esos aires pues ... tratándome con condescendencia ... total, yo era un chico de un cono y ella era una casi sanisidrina … casi nomás, vivía a un par de cuadras …
… eran tan graciosos sus aires de grandeza, que alguna mente ingeniosa de la promo creó esa leyenda urbana que decía que ella todas la noches empujaba su casa en dirección a la Javier Prado, con la absurda esperanza de algún día llegar a ser vecina de San Isidro …
… es por esos aires que se ganó el apelativo de Condesa … Condesa de San Eugenio, en alusión a la urbanización donde se ubicaba el departamento donde vivía con su hermano y sus padres … porque ella no vivía en Lince ... ella vivía en San Eugenio ...
Es claro que todos hemos envejecido … ya peinamos canas y hemos ganado bastante peso … y obviamente hemos perdido la lozanía que te regala la juventud … pero verla a ella en la calle Los Mirtos fue algo desconcertante … de su altivez no quedaba mas que el recuerdo … me quedé con la impresión de que algo pasó con ella en alguna parte del lapso de tiempo en que nos perdimos el rastro … y es que verla me trajo a la mente dos canciones: Penélope de Diego Torres y El Muelle de San Blas de Maná … lo sé, podría sonar exagerado, pero es lo que yo sentí …
… a lo mejor solo fué una mala impresión o mi ligera imaginación jugándome una mala pasada … pero lo que yo sentí es que en alguna parte del camino ella decidió no avanzar ... decidió detenerse … sin tomar en cuenta que el tiempo no se detiene nunca ... y que mas temprano que tarde te lo hace saber ...
Nos volvimos a encontrar una vez mas … yo estaba por llegar a Las Begonias y ella salía de una bodega ubicada en una esquina … nos vimos, nos volvimos a reconocer, y ambos -en un entendimiento tácito- decidimos hacer de cuenta que no nos habíamos visto … y seguimos nuestro andar sin siquiera inmutarnos …
… creo que por primera vez estábamos de acuerdo en algo ... y es que ese último entendimiento se dió de la forma más natural ... ahora sé que fue lo mas sincero “de nuestra amistad” en muchos años ...

